Con las ciudades vacías, muchos animales, que antes tenían miedo a los humanos, salen con más facilidad o cambian sus comportamientos. Para los expertos, la casi nula actividad humana crea una trampa ecológica y una falsa percepción de que las urbes son un buen lugar para vivir. Además, algunas especies pueden dejar de percibir a los humanos como un peligro.

El impacto que tiene el confinamiento de las personas sobre la fauna en las ciudades da lugar a muchas interpretaciones. Si bien no disponemos de datos finales y contrastados para estimar este efecto, los estudios previos permiten anticipar algunas consecuencias.

Para muchos animales, el coronavirus solo habrá sido una trampa ecológica, es decir, una falsa percepción de que las ciudades son lugares adecuados para vivir. Esta situación induce a los animales a percibir un hábitat como apropiado para vivir o reproducirse cuando, en realidad, no lo es.

Un ejemplo es el de insectos efemerópteros, que ponen los huevos sobre el asfalto, porque la luz polarizada que produce se confunde con la de la superficie del agua donde habitualmente se reproducen. Por tanto, el confinamiento expone a los animales a condiciones que pueden tener poco que ver con las que experimentarán en el futuro, cuando las personas y los coches vuelvan a las calles.

En otros casos, los pájaros aprovechan el bajo nivel de perturbaciones humanas para criar en zonas donde antes no lo hacían. La reproducción podría fracasar una vez la actividad recupere cierta normalidad.

 

EL MIEDO A LOS HUMANOS

Las reservas que algunas especies muestran respecto de los humanos es otro comportamiento que se puede ver alterado en tiempos de cuarentena. Con pocas excepciones, la mayoría de animales experimentan reticencias respecto a las personas y evitan las zonas más densamente pobladas.

Muchas especies de mamíferos, como lobos, elefantes o antílopes, han aumentado sus hábitos nocturnos en todo el mundo para minimizar el contacto con humanos. Dado que el confinamiento reduce la presencia humana, algunas especies animales pueden habituarse y dejar de percibir las personas como un peligro. Esta circunstancia se ha podido demostrar en coyotes o ciervos en zonas protegidas, donde está prohibido estorbarles.

El miedo que los animales experimentan ante los humanos explica, en parte, la baja biodiversidad en los centros de las ciudades. Es posible que la reducción de la actividad humana por la crisis del coronavirus haga aumentar la diversidad de animales en las ciudades.

El confinamiento tiene una incidencia decisiva en el cambio de este patrón de comportamiento, sobre todo en aquellas especies que tienen más capacidad de dispersión y que son más abundantes fuera de la ciudad. Este es el caso de los grandes depredadores, que evitan las concentraciones urbanas para reducir los conflictos con los humanos, pero que se pueden habituar rápidamente cuando baja su percepción de riesgo. Recientemente se han visto depredadores como pumas en Chile o leopardos en la India.

FUENTE: https://www.noticiasdenavarra.com/

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